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13 de octubre de 2010



Funes, una apología del olvido



Borges escribió en 1942 una de las críticas más hermosas y certeras a la noción de memoria, tema que medio siglo más tarde resurge con toda su fuerza y complejidad.




Escrito por el Dr. Antonio Zirión Pérez

Borges escribió en 1942 una de las críticas más hermosas y certeras a la noción de memoria, tema que medio siglo más tarde resurge con toda su fuerza y complejidad. En el cuento titulado Funes el memorioso, Borges narra la desgracia de un personaje que recuerda absolutamente todo; incapaz de olvidar percepción alguna, para Funes toda vivencia era indeleble. Recordaba con total precisión hasta el más mínimo detalle de “las formas de las nubes australes del amanecer del 30 de abril de 1882 (...) las aborrascadas crines de un potro, el fuego cambiante y la innumerable ceniza (...) Lo pensado una sola vez ya no podía borrársele”. De esta manera, Funes acaba por convertirse en un sujeto disfuncional, rayando en la locura y el autismo. Lejos de ser una cualidad, esta memoria infinita e infalible era un terrible lastre: “mi memoria, señor, es como un vaciadero de basuras", confiesa Funes. La moraleja de este cuento apunta directamente al carácter selectivo de la memoria, a la imposibilidad de la memoria total y, en el fondo, a la importancia del olvido como una función vital para el ser humano y la sociedad en su conjunto.

En principio, todo lo que se vive y se percibe es susceptible de ser conservado en la memoria. No obstante, la memoria no es la mera acumulación de vivencias e información de toda índole. Más que un cúmulo de recuerdos, la memoria es una especie de mapa cognitivo que nos guía a través de nuestra vida. Para que haya memoria tiene que haber un sujeto dispuesto a navegar por ella, a detenerse y revivir algunos momentos, a recapitular ciertos episodios y otros no. Para que un suceso se nos grabe en la memoria, además del impacto que en principio genere, tiene que haber cierta voluntad o interés por conservarlo y revivirlo. Cuando recordamos alguna vivencia o percepción en realidad la estamos reconstruyendo, valorando, interpretando; la dotamos de sentido. Ningún recuerdo puede ser absolutamente fiel a la experiencia original, sino que al retrotraerlo sufre transformaciones. Todo recuerdo es, de algún modo, una recreación. Lo que recordamos y lo que no, lo que nos persigue recurrentemente y aquello que evadimos o intentamos olvidar, tiene mucho que ver con la afectividad y la carga emocional que acompaña a los hechos y las experiencias que vivimos.

Ahora bien, cabe preguntarse en qué medida se puede extender lo que se diga sobre la memoria individual a la memoria colectiva. Así como la buena memoria es un síntoma de salud mental para el individuo, para una sociedad es indispensable gozar de una buena memoria histórica. Establecer fechas para recordar a los héroes, celebrar los triunfos, conmemorar los acontecimientos trágicos, honrar a los muertos, etcétera, nos permite actualizar y transmitir las enseñanzas de la historia. Así se va forjando poco a poco la tradición, el patrimonio cultural, la sabiduría colectiva. Gracias a la memoria podemos formar parte de un grupo y reinventar continuamente nuestra identidad personal, cultural y social.

En los tiempos que hoy vivimos, en medio de la llamada globalización y la revolución de las formas y medios de comunicación, circula tanta información que corremos el riesgo de saturarnos de datos inútiles y perder fácilmente el sentido de lo que vale la pena recordar. No en vano las nuevas tecnologías de la comunicación están encaminadas a inventar dispositivos de almacenamiento y procesamiento de información, memorias artificiales de gran capacidad y velocidad que más que potenciar, parecen atrofiar la memoria humana. Por otra parte, en un mundo donde proliferan los abusos de poder, se ha vuelto necesario exaltar el tema de la memoria como un arma para luchar contra la injusticia, como un recurso político para defender los derechos humanos de los oprimidos y las minorías. Desde la reflexión teórica se ha abordado una y otra vez la cuestión de la memoria colectiva y la memoria histórica. En años recientes la memoria se ha vuelto un concepto de moda en la academia. Todas las voces parecen coincidir en que no sólo tenemos derecho a la memoria sino también la obligación moral de ejercerla.

Sin duda es deseable fomentar y promover la memoria. No obstante, vale la pena escuchar a Todorov cuando afirma que “en nuestra época, el pensamiento occidental parece estar obsesionado por el culto a la memoria (...) Aunque hay que procurar que el recuerdo se mantenga vivo, la sacralización de la memoria resulta discutible”. Aun asumiendo el compromiso ético y político de la defensa de la memoria, hay que evitar caer en la sobrevaloración y el abuso de este concepto. Por esto me parece pertinente reflexionar sobre su contraparte, el olvido –un concepto tan despreciado pero profundamente significativo– intentando reivindicar su importancia vital.

De entrada, el olvido no necesariamente tiene una connotación peyorativa. Incluso podría sostenerse que cumple una función tan legítima como la memoria. El problema de su justa valoración radica en que su misma definición es negativa, ya que sólo nos percatamos del olvido por contraste con lo que recordamos, o cuando recordamos algo que habíamos olvidado. Una analogía útil para comprender el significado del olvido y su complementariedad con la memoria, es la idea del silencio como condición fundamental para la existencia de la palabra, o bien como el fondo sobre el que se suceden los sonidos que componen la música. El olvido y la memoria pueden entenderse como las dos caras de una misma moneda, de modo que, por simetría, lo que se afirme de una podría, en principio, aplicarse a la otra. Entonces, si aceptamos que la memoria es selectiva, podemos preguntarnos si el olvido no tendrá también cierto carácter intencional. ¿Somos realmente libres de olvidar? ¿Podemos olvidar deliberadamente? Tal como la memoria, el olvido es una función natural ¿pero de igual forma puede ejercerse y estimularse voluntariamente?

La obsesión con el pasado se considera un tipo de trastorno mental, por ejemplo vivir acosado por el recuerdo de algún evento traumático o quedar “poseído” por el fantasma de alguien a quien no podemos olvidar. Habría que tener cuidado de que estos posibles excesos de la memoria no nos lleven a apartarnos del presente y menos aún del futuro. Definitivamente no podríamos andar por el mundo cargando con todos los recuerdos de nuestra vida. El olvido ayuda a sanar, a superar y dejar atrás determinadas circunstancias para poder seguir adelante. Olvidar puede considerarse un mecanismo de defensa y una estrategia de supervivencia. En este sentido, Nietzsche concebía al olvido como una condición necesaria para la salud mental, como el proceso que nos permite desechar experiencias dolorosas. De acuerdo con él, tarde o temprano el dolor tiende a olvidarse, y en la medida en que seamos más capaces de recobrarnos de estas vivencias dolorosas, de olvidar y perdonarnos a nosotros mismos, seremos mejores seres humanos, más fuertes y sanos.

De nuevo, si se extrapola lo relativo al olvido individual al olvido colectivo, podría argumentarse que como sociedad también tenemos derecho al olvido, que éste es tan importante y necesario como la memoria colectiva. Pero en el terreno colectivo hay que tener presente que el olvido, al igual que la memoria, pueden causar daño cuando se emplean como instrumentos de poder. Hay memorias que atrofian la memoria, como algunas versiones oficiales de acontecimientos históricos que en realidad ocultan, disfrazan, distraen o manipulan la memoria colectiva. Hay memorias impuestas, olvidos inducidos y silencios forzados. Por supuesto, hay que combatir estos abusos y deformaciones políticas de la memoria y el olvido. Sin embargo, a fin de cuentas, más allá de estos casos –tan aberrantes como frecuentes–, considero muy importante respetar tanto la memoria como el olvido libremente ejercidos por la gente. Si la memoria dignifica, seguramente el olvido también.

Toda imagen o representación visual, sea una foto o una película, tiene una dimensión histórica, temporal, necesariamente nos remite al pasado. El cine documental puede entenderse como una forma de alimentar y preservar la memoria colectiva que se construye sobre un vasto mar de olvido. Los mejores documentales son aquellos que nos muestran algo que ignorábamos o nos recuerdan algo que habíamos olvidado. En este sentido, es famosa la frase del documentalista chileno Patricio Guzmán: “Una sociedad sin documentales es como una familia sin álbum de fotos”. Por supuesto, debemos reconocer el carácter de memoria que tiene todo documental, pero habría que agregar que en un álbum nunca permanecen todas las fotos que se toman de una familia. Muchas de esas fotos, probablemente la mayoría, se rompen, se desechan o simplemente se almacenan y se olvidan; sólo se atesoran las que sobreviven a un proceso de selección. La memoria audiovisual es especialmente selectiva, pasa por diversos filtros y responde a criterios de gusto y relevancia. En la realización de un documental, cada decisión o punto de enfoque elimina otros múltiples aspectos de la realidad que no aparecen en la versión final. Inevitablemente, cada vez que recordamos una cosa estamos olvidando otras mil y cuando registramos algo dejamos pasar una infinidad de hechos. Ni en el documental más objetivo y obsesivamente detallista aparece la realidad completa; solamente veremos la representación de una experiencia de la realidad, una perspectiva, una mirada, una narración, siempre parcial, sesgada y fragmentaria. Así, en la producción audiovisual, nos enfrentamos con la imposibilidad de la representación totalmente fidedigna. Recortamos la realidad empezando por la elección del tema, con la aproximación a ciertos personajes, en el encuadre y, sobre todo, en el trabajo de edición, que consiste básicamente en ejercer la memoria y el olvido, seleccionando, escogiendo, recordando algunas facetas pero olvidando muchas otras.

El cuento de Borges muestra poéticamente que no nos convendría recordarlo todo, que una memoria absoluta sería patológica, además de humanamente imposible. Es cierto que también sería imposible vivir sin memoria, pero habría que tomar en cuenta que recordar toma casi tanto tiempo como vivir; entonces para recordar absolutamente todo, habría que dejar de vivir nuevas experiencias para centrar la atención exclusivamente en nuestra memoria. “Dos o tres veces (Funes) había reconstruido un día entero; no había dudado nunca, pero cada reconstrucción había requerido un día entero”. Funes mismo sabía bien que la suya era una tarea interminable e inútil, una verdadera condena. “Pensó que en la hora de su muerte no habría acabado aún de clasificar todos los recuerdos de la niñez”. Por otro lado, podría decirse que el pobre Funes era prácticamente incapaz de pensar, ya que, como bien dice Borges: “pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer”. La memoria total impediría la formación de ideas abstractas y categorías, de expectativas y proyecciones a futuro; estaría llena de datos, cifras y particularidades. “En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles casi inmediatos (...) era el solitario y lúcido espectador de un mundo multiforme, instantáneo y casi intolerablemente preciso”. Una memoria como la de Funes sería, precisamente, funesta. Me parece que Funes el memorioso es un ejercicio de reducción al absurdo en el que Borges cuestiona la exaltación desmedida de la memoria y recupera la importancia del olvido.

Reivindicar la memoria es una misión necesaria y urgente que todos deberíamos hacer nuestra. Pero el problema de asumir acríticamente esta tarea es que corremos el riesgo de adoptar prejuicios contra nociones básicas como el olvido y el silencio, que junto con la palabra y la memoria, forman parte esencial de la condición humana. No se trata de que muera el olvido y viva la memoria. El asunto es más bien cualitativo, la verdadera sabiduría consistiría en saber qué vale la pena recordar y qué sería mejor olvidar. Antes de condenar el olvido, habría que buscar un sano equilibrio entre éste y la memoria, sin caer en la amnesia ni el autismo. Hay que procurar que lo que elegimos recordar u olvidar nos permita sanar heridas en lugar de abrirlas más, que lo que escojamos documentar nos ayude a entender mejor el mundo y a nosotros mismos, con el afán de ser mejores seres humanos.

Bibliografía

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Para citar este artículo

Zirión Pérez, Antonio, Funes, una apología del olvido. Tlachia No. 1. Revista Estudiantil de Antropología Visual [en línea]. Actualizada al 16 de marzo de 2011. Disponible en http://csh.izt.uam.mx/revistas/tlachia/spip.php?article8